Descubierto en el siglo XVI, este archipiélago de Ecuador posee una fauna que sirvió a Darwin para desarrollar su teoría de la evolución. Hoy podemos pasear entre unos animales que al no tener miedo carecen de agresividad

En Puerto Baquerizo Moreno está terminantemente prohibido llevar perros sueltos. En esta pequeña población capital de la provincia de Galápagos, Ecuador, los animales salvajes (mejor sería decir los no domésticos) campan por su respetos, libremente, pacíficamente. Aves, iguanas y especialmente los lobos marinos se mueven a sus anchas entre el puerto y las casas. Nadie les molesta y ellos no molestan a nadie. Sin duda lo que más impresiona al viajero es la bonhomía de esta fauna amable que le rodea, su «extraordinaria mansedumbre» que la hace aparecer como domesticada, cuando en realidad se trata de una ausencia de miedo, y por lo tanto de agresividad.
Situado a casi mil kilómetros de la costa de Guayaquil, el archipiélago está formado por 13 grandes islas volcánicas —sólo cuatro de ellas habitadas: San Cristóbal, Santa Cruz, Isabela y Floreana—, 6 más pequeñas y 107 islotes o simples rocas, que cubren una extensión de 8.000 km² en torno a la línea del ecuador terrestre que aquí, para no confundirla con el nombre del país, llaman «la Mitad del Mundo».
La más antigua de las islas (San Cristóbal, la más oriental) se formó hace más de cinco millones de años debido a la actividad volcánica, y las más recientes y occidentales (Fernandina e Isabela) están todavía en proceso de formación. La última erupción volcánica se produjo allí el año pasado.
El turismo, base de la economía local, da vida al archipiélago, pero también puede acabar con él. En los últimos veinte años, el número de visitantes se ha cuadruplicado, llegando en 2008 a los 190.000. La directora general de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), Julia Marton-Lefèvre, opina que «Galápagos solo puede soportar 70.000 visitantes al año», y, si para atender a los turistas, los habitantes humanos del archipiélago han pasado de 4.000 en los años 60 a los 18.640 censados en 2004, se comprenderá fácilmente que la situación es insostenible.
Todo empezó, como tantas veces, por casualidad, cuando en 1535 el barco en el que viajaba al Perú Fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, se desvió yendo a parar a lo que consideró un infierno en la tierra. Seguramente inducido por el paisaje volcánico y el aspecto atrabiliario de las iguanas, el obispo maldijo a esas islas que fueron rehuidas. No fue hasta 1570 cuando aparecieron por primera vez en un mapa del flamenco Abraham Ortelius con el nombre de «Insulae de los Galopegos» (Isla de los Galápagos).
Pero la fama de las islas aún estaba por llegar. En 1835, un barco británico con la misión de cartografiar las costas de América del Sur y establecer relaciones comerciales con la Provincias Unidas del Río de la Plata (Argentina), llegó a la isla de San Cristóbal. A bordo del HMS Beagle se encontraba el joven naturalista Charles Darwin y, aunque sólo permaneció cinco semanas en aguas de las Galápagos, fueron tantos los hallazgos allí realizados que sirvieron para que, a su vuelta a Inglaterra, desarrollase la teoría de la evolución en su libro «El origen de la especies», tras cuya publicación en 1859 la Historia cambió para siempre.
De las 7.214 especies de animales identificadas en las Galápagos, el 31 por ciento son endémicas. Entre las más importantes destacan las tortugas que han dado nombre al archipiélago. Cuando Tomás de Berlanga llegó en el siglo XVI, se calcula que había medio millón de tortugas gigantes. Hoy quedan entre 12.000 y 15.000.
Las iguanas puede que sean los animales que más sorprenden al visitante, especialmente las marinas, por su aspecto feroz. Nada más lejos de la realidad. Los lobos marinos se diferencian de las focas en que estos tienen orejas. Abundan en las Galápagos y son tan dóciles que comparten las playas con los bañistas. El pingüino de las Galápagos es de tamaño pequeño y le gusta nadar en aguas profundas. Entre una gran variedad de aves cabe citar a los piqueros de patas azules o alcatraces, tijeretas o fragatas, albatros, y pelícanos. Sin olvidarnos de los pinzones, diferentes en cada isla, aunque estudios recientes aseguran que no fueron ellos los que inspiraron a Darwin su teoría evolucionista, sino los sinsontes, también conocidos como burlones.
PISTAS
Cómo ir. En viajes organizados, a las Galápagos es muy difícil ir por libre. Además se corre el riesgo de, una vez allí, no encontrar plaza en los barcos o en las excursiones con guía autorizado. Catai ofrece un paquete de diez días desde 2.999 euros. Un touroperador local recomendable es Equatortrekking.com. Las Galápagos están comunicadas por avión con Guayaquil. Hasta allí vuela Iberia. Desde Guayaquil aviones de Aerogal ofrecen cuatro vuelos semanales a las Galápagos. Una vez en el archipiélago hay que pagar 100 dólares (73 euros) en efectivo por la entrada al Parque Nacional y comprar una tarjeta de tránsito que cuesta 10 dólares. A la salida del país hay que pagar 40 dólares.
Dónde dormir. El Royal Palm, de la cadena The Leading Small, es el mejor hotel del archipiélago. La Hostería Pimampiro es un grupo de cabañas inauguradas en 2007 en la parte alta de Puerto Baquerizo Moreno en la isla San Cristóbal. La Casa de Marita es un «hotel boutique» situado en la playa de arenas blancas del Puerto de Villamil, en la isla Isabela.
Más información. www.ecuador.travel
www.galapagos-ecuador.com
www.galapagospark.org
Fuente : abc.es

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