Decir lo que se piensa, especialmente en un país como Colombia, acarrea riesgos. Y vaya si lo que dijo Claudia López en su columna, durante más de 30 meses, le pisó los cayos a muchos, incluidos a los de El Tiempo que no soportaron que la columnista expresara su opinión sobre el conflicto de intereses de esa casa editorial en el cubrimiento del escándalo de Agro Ingreso Seguro versus el candidato socio, Juan Manuel Santos.

Quiero, desde esta columna expresar mi solidaridad con Claudia López por varias razones: porque respeto sus puntos de vista, su agudeza en el análisis y su valentía a la hora de ponerle el pecho a temas tan polémicos y peligrosos como los vínculos entre el paramilitarismo y la política.
Para quienes difieren de los puntos de vista de Claudia López, eso puede ser una especie de triunfo que contribuye a la uribización de la opinión, muy aplaudida por muchos, pero en mi opinión, nefasta para la democracia.
En 1995 tuve la oportunidad de participar en una conferencia del filósofo francés Jean-François Lyotard en la Universidad Nacional de Colombia, en aquella ocasión un grupo de estudiantes encapuchados quisieron sabotear la conferencia y evitar que Lyotard hablara. La respuesta del filósofo fue la siguiente frase: “Si me callas me matas”.
Creo que la decisión de El Tiempo de cerrarle la puerta en la nariz a la analista política es una pérdida para los lectores, para la libertad de expresión.
El derecho a discrepar
Discrepar es la esencia de la democracia política, pero la defensa de ese derecho no está en la agenda del poder.
Como excelentes periodistas que debieran ser, los señores de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) tienen la obligación de expresarse con rigor cuando hablan de países donde está en riesgo la libertad de prensa.
Estoy pensando en Colombia, donde la SIP dice que, “a diferencia de sus vecinos”, allá sí se respeta el derecho a discrepar. Justo en ese país vive y trabaja Enrique Santos, altísimo funcionario y accionista del poderoso diario El Tiempo y presidente de la SIP.
Hace semanas, en Caracas, Santos criticó a los regímenes de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba y Nicaragua porque en estos países “se atenta contra la libertad de expresión”.
Según eso, los únicos victimarios de la libertad de prensa son los gobiernos populistas de izquierda, que propugnan la desaparición de la crítica y la instauración del pensamiento único.
Pero si para la SIP esa es la realidad, algo está fallando en la urgencia de que América Latina tenga un liderazgo mediático equilibrado, justo y alejado de maniqueísmos ideológicos. Porque, que yo sepa, el Presidente de la SIP no se ha pronunciado hasta ahora sobre el silenciamiento a Claudia López, precisamente de diario El Tiempo, y al respetado maestro Javier Darío Restrepo, de El Colombiano.
Claudia, una de las articulistas más leídas del país y frontal detractora del presidente Álvaro Uribe, ha enfrentado con valentía la corrupción y las mafias. Colombia le debe a ella la revelación de la tenebrosa y letal complicidad entre el poder político y los paramilitares.
En su último artículo, Claudia López denunció el “conflicto de intereses” de El Tiempo al cubrir un escándalo de corrupción gubernamental” porque “uno de sus accionistas (Juan Manuel Santos) quiere ser candidato presidencial y el Diario aspira a que el Estado le otorgue la concesión de un canal de televisión”.
Al final de la columna, sin aviso previo a Claudia, el Diario anunció que “aceptaba la renuncia” de la autora porque el artículo, supuestamente, tenía “calumnias y descalificaciones sin base”.
El caso de Javier Darío Restrepo es similar. El Colombian cerró su columna con el pretexto de “una profunda reestructura de las páginas de opinión”.
Con 17 años como columnista, Restrepo era otro duro crítico del poder monopólico de Uribe. En su último artículo expresó su preocupación por la concentración de poder que implicaría la segunda reelección de Uribe.
“Criticar al Gobierno no convierte al periodista en conspirador, terrorista o enemigo del Presidente”, escribió en la columna, paradójicamente titulada “Derecho a discrepar”.
Discrepar es la esencia de la democracia política. Pero la defensa de ese derecho no parece estar en la agenda de la SIP ni en la de los intolerantes populismos de izquierda y derecha.
Fuente : Corporación Contigo Mujer/latarde.com/elcomercio.com
Escrito por El Solitario George 

















